
Una noche, una pequeña abeja no había podido entrar a tiempo en la colmena, y desde la entrada de la misma a lo lejos, muy lejos de donde se encontraba, vió un pequeño resplandor que tililaba fugazmente en la lejanía.
La pequeña abeja avisó al resto de la colmena rápidamente, y todas las abejas decidieron a la vez que irían a investigar aquel tenue resplandor.
Todas salieron volando apresuradamente, raudas hacia el punto de luz lejano, salvo aquella abeja que lo había visto primero, que en las prisas del resto por salir resultó algo dañada en un ala, lo que le dificultaba volar.
Pronto perdió de vista al resto de la colmena, ocupadas como estaban en volar hacia la luz, dejándola muy atrás.
Fue un viaje muy duro. Sola, por el oscuro y tenebroso bosque, la abeja iva volando a duras penas, evitando tropezar con los arbustos y plantas que surgían en su camino.
Mientras, el resto de la colmena había llegado a las cercanías de la luz. Era una pequeña luz que flotaba sobre el suelo, arrojando pequeños destellos de luz plateada a su alrededor.
Nadie sabe muy bien qué era aquella luz, aunque yo creo que era el espíritu naciente de Kekja, la gran luna.
Las abejas (salvo nuestra pequeña amiga que seguía su duro camino) estaban atemorizadas. Si les daba miedo la oscuridad, aún más temían aquella luz que en nada se parecía a la que surgía cada día para iluminar el mundo. No paraban de cuchichear entre ellas, frotando sus alas y patas preguntándose qué sería aquella luz, y si sería algo bueno o malo.
Aquella luz era pequeña, plateada, temblorosa, e iluminaba muy poco las entrañas del bosque cerrado, y les daba miedo.
Poco después, la abeja herida acabó llegando al claro donde se agolpaban sus compañeras, y vio la pequeña bola de luz flotando en el centro del claro.
Sin dudarlo, sonriendo, la pequeña abeja se dirigió hacia ella. El resto de su colmena intentó evitarlo, zumbando atemorizadas y revoloteando alrededor de nuestra pequeña abeja, pero no consiguieron su propósito.
La pequeña abeja acabó alcanzando la luz, y algo increible ocurrió.
Parte de la pequeña luz se adhirió a su cuerpo, haciéndola brillar con el mismo resplandor plateado de la fuente de luz.
Sonriente, la pequeña abeja transformada en la primera luciérnaga del mundo, acompañó de vuelta a la colmena a sus compañeras, iluminando su camino de regreso.
Y se dice que, desde entonces, las pequeñas luciérnagas comparten su luz con todo aquel que anda perdido en la oscuridad del bosque, iluminando su caminar.
