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Jueves, Julio 02nd, 2009 | Author: Jyseg.

libelula
Una noche, una pequeña abeja no había podido entrar a tiempo en la colmena, y desde la entrada de la misma a lo lejos, muy lejos de donde se encontraba, vió un pequeño resplandor que tililaba fugazmente en la lejanía.
La pequeña abeja avisó al resto de la colmena rápidamente, y todas las abejas decidieron a la vez que irían a investigar aquel tenue resplandor.

Todas salieron volando apresuradamente, raudas hacia el punto de luz lejano, salvo aquella abeja que lo había visto primero, que en las prisas del resto por salir resultó algo dañada en un ala, lo que le dificultaba volar.
Pronto perdió de vista al resto de la colmena, ocupadas como estaban en volar hacia la luz, dejándola muy atrás.
Fue un viaje muy duro. Sola, por el oscuro y tenebroso bosque, la abeja iva volando a duras penas, evitando tropezar con los arbustos y plantas que surgían en su camino.
Mientras, el resto de la colmena había llegado a las cercanías de la luz. Era una pequeña luz que flotaba sobre el suelo, arrojando pequeños destellos de luz plateada a su alrededor.
Nadie sabe muy bien qué era aquella luz, aunque yo creo que era el espíritu naciente de Kekja, la gran luna.
Las abejas (salvo nuestra pequeña amiga que seguía su duro camino) estaban atemorizadas. Si les daba miedo la oscuridad, aún más temían aquella luz que en nada se parecía a la que surgía cada día para iluminar el mundo. No paraban de cuchichear entre ellas, frotando sus alas y patas preguntándose qué sería aquella luz, y si sería algo bueno o malo.
Aquella luz era pequeña, plateada, temblorosa, e iluminaba muy poco las entrañas del bosque cerrado, y les daba miedo.
Poco después, la abeja herida acabó llegando al claro donde se agolpaban sus compañeras, y vio la pequeña bola de luz flotando en el centro del claro.
Sin dudarlo, sonriendo, la pequeña abeja se dirigió hacia ella. El resto de su colmena intentó evitarlo, zumbando atemorizadas y revoloteando alrededor de nuestra pequeña abeja, pero no consiguieron su propósito.
La pequeña abeja acabó alcanzando la luz, y algo increible ocurrió.
Parte de la pequeña luz se adhirió a su cuerpo, haciéndola brillar con el mismo resplandor plateado de la fuente de luz.
Sonriente, la pequeña abeja transformada en la primera luciérnaga del mundo, acompañó de vuelta a la colmena a sus compañeras, iluminando su camino de regreso.

Y se dice que, desde entonces, las pequeñas luciérnagas comparten su luz con todo aquel que anda perdido en la oscuridad del bosque, iluminando su caminar.

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Miércoles, Julio 01st, 2009 | Author: Jyseg.

Era una noche como otras. Heekinnâ estaba sentado al lado de su
abuelo Aijetna, con su inseparable amigo Cheetä entre sus pies.
Había sido un duro día. La caza había sido buena, siempre lo era con
Cheetä cerca, pero agotadora a la vez.

- Naerhu (que significa abuelo en el antiguo idioma Haiku), ¿por qué
no me cuentas algo esta noche?

Aijetna, sonriendo, señaló a una zona por detrás del tipi, donde un
grupo de luciérnagas revoloteaban a la luz de la luna nueva.

- ¿Conoces cómo nacieron las luciérnagas, Heekinnâ?

- No Naerhu, cuéntamelo.

- Está bien.

Y el abuelo comenzó con esta historia.

Hace muchas lunas, cuando mi Naerhu aún era niño, cuando el bosque aún
era joven y oscuro, las luciérnagas aún no habían llegado a este
mundo.
En el corazón del bosque, más allá del gran río, vivía una pequeña
colmena de abejas, que se afanaban dia tras dia en mejorar y ampliar
su pequeña colmena.
Pero las noches eran frías y oscuras, pues la gran luna aún no había
aparecido en el mundo. Las abejas temían la oscuridad, y cada noche se
refujiaban en los recovecos que su colmena les ofrecía, dejando su
trabajo para cuando la luz surgiese de nuevo.
Y siempre tenían miedo de que no volviese a salir la luz al día siguiente.

CONTINUARA… (mañana la segunda parte)

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