Hace días que no estás. Sé que debí hablar contigo antes, contarte todo, soltar esas ideas que ambos sabíamos bullían por nuestras mentes.
Pero no lo hice. No me atrevía a admitir lo evidente, a sentir lo presente, a olvidar lo pasado, a mentir lo futuro, a esperar lo inesperado…
Y ahora ya no estás.
Siempre me decías lo mismo, que algún día mi necia terquedad me impediría alcanzar el rayo de luz que baña nuestros rostros, que nos hace grandes, nos alumbra y muestra el camino…
Siempre me decías lo mismo, que seguiría siendo el segundo en llegar, incapaz de arriesgar, incapaz de perder, incapaz de sufrir, incapaz de temer…
Siempre me decías lo mismo, y no te quería escuchar.
Y ahora ya no estás.
Sé que no querrías verme así, que para tí mi sonrisa era tu muro, mi alegría tu descanso, mi mirada tu apoyo, mi amistad tu encanto.
Pero no puedo evitar sentir que otra vez llevabas razón. Que volví a llegar tarde, contigo, con todos, como era de esperar…
Siempre me decías lo mismo, y no te quería creer.
Y ahora ya no estás.
Aún hoy siento tu sonrisa tras de mi, tu amistad y tu anhelo, tu luz y tu sombra, tu serenidad y consuelo. Aún hoy te siento, aún hoy te tengo…
Ahora ya no estás, pero yo en mi te siento. Aún veo tu sonrisa, aún veo tu llanto, aún siento tu mano en tu último momento.
Siempre me decías lo mismo, y no te quería sentir.
Y ahora ya no estás.
Dondequiera que te halles, una cosa quiero darte. Darte gracias por tu vida, darte gracias por tu canto. Darte gracias por tu fuerza.
Darte gracias por tu sonrisa, por tu alegría, por tu mano amiga, por tu mirada serena, por tu beso alentador, por tu canto alegre.
Darte gracias sobretodo por querer compartir con éste que te escribe el último momento. Por regalar a quien no lo merecía ese incólume instante.
Por crear de un simple instante un mundo perfecto. Por permitir sostener en tu camino tu mano. Por dejarme ser el último en sentir tu risa, por dejarme ser el último en escuchar tu canto…
Siempre me decías lo mismo, y no te quería dar la razón.
Sabes que te prometí no perder aquello que tanto amabas, aquello que tanto aplaudías. Sé que te prometí no perder mi sonrisa, no olvidar mi alegría.
Sé también que, dondequiera que te halles, donde quiera que recibas esta misiva, estarás como siempre, sonriente, con tu peremne alegría.
Sé que nunca oiras estas palabras de mis labios, que ya nunca oiras más mi sonrisa.
Pero te prometí que mi sonrisa seguiría siendo muro, mi alegría descanso, mi mirada apoyo, mi amistad encanto. Te prometí y cumplo, te prometí y hago.
Y aunque ahora ya no estás, y no sé cuándo ni con quién, seguiré sonriendo al mundo, alegrando el canto, prestando mi hombro, alegrando hasta el espanto.
No te echaré de menos, pues conmigo te llevo, y dondequiera que te halles, sé que seguirás sonriendo, seguirás cantando, seguirás siendo amiga, seguirás amando.
Dondequiera que te halles, no olvides nunca tu canto.
Dondequiera que te halles, yo contigo me hallo.